Quiero
mostrarte, amigo nocturno.
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Aeolus, escuchando la meodía del viento |
La
invisibilidad del alma y la pureza de las frases escondidas,
Entre unos
ojos limpios y azules, que alguna vez pude encontrar.
De unas
manos cálidas y suaves
Que ya el
tiempo opacó, sin misericordia,
Y pedazos
humanidad han sido arremetidos contra la tierra.
Puedo ser
honesta, y cantarte las palas y sombreros,
Todas las
que quieras escuchar.
Robarte
melodías,
Hasta que
alguna llegue a tus oídos distantes,
Apaciguados
por el descanso que quisiste alcanzar.
Podría cantar
ángeles, que pudiesen hacerte volar
A donde
decidiste arrancar, casi a tropiezos
Y sé que no
me abandonaste ahí,
Te fuiste
desde mucho antes,
Implorando
dejar todo ese dolor, en manos de los demás.
Yo te vi,
pidiendo huir, pidiendo salir
De tus
cabellos cortos y ganas inútiles,
De tus
luchas diarias, y memorias melancólicas
De aquello
que amaste un día, pero que ya no estaba a tu alcance.
Cortaría
todas las nociones de la realidad
Y me
abalanzaría entre tu noche, sus noches,
Para buscarlos,
abrazar y al fin despedir,
El final
absorto de sus existencias.
Pero no me
queda,
Todo se me
va,
Dos veces
que suceda lo mismo,
Hace que
cuestiones esa vil integridad,
Y mi suerte,
parece haber arrancado junto a ustedes.
¿Qué me
queda?
Un vacío
inconmensurable, implacable.
Quiero
aprender a guardar ambos recuerdos,
Como si
pudiese volver a vivirlos mañana,
Como si no
se hubiesen ido
Tal y como
me jactaba en el antes.
Quiero,
nocturna, volver a tus noches pasadas
Rogar cien
veces por esas manos viejas,
Palpar ese
respirar cansado, de él
Probar la
delicia de un platillo, de ella
Y quedarme,
solo quedarme
Entre las
tardes misioneras
Que solo mi
memoria, en algún momento,
Va a querer
rescatar.
Se disipan,
en el aire, en el cielo y la lluvia no los trae de regreso.
No los
quiero olvidar.
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