martes, 6 de marzo de 2012

Un poco de felicidad


Frecuentaba los bares cercanos a su pequeña casita ubicada en la esquina de la calle. Se sentaba en el mismo lugar y solía pedir la misma cantidad de licor al cantinero. Pasaba horas recorriendo con el índice el borde superior del vaso, sin probar de su contenido. De vez en cuando traía consigo un diario, el que hojeaba sin detenerse para leer. Lo repasaba una y otra vez sin detenerse en página alguna, solo al final de la edición, para voltearlo y volver a comenzar.
Tenía ojeras, como cualquiera de su edad, ojos cansados y dolorosos. Se notaba en la ropa que llevaba el paso de los años, más que en su propia expresión facial. Llevaba la misma ropa siempre que entraba a los locales.
Se sentaba en una pequeña mesa individual cercana a la barra de tragos, a veces se estiraba y miraba a un punto fijo perdiendo la vista en el lugar, hasta que una pequeña mueca que podría considerarse como sonrisa, lo volvía al mundo real.
De vez en cuando, hacia rechinar los dientes, dando la impresión de estar nervioso. Frotaba sus manos y las acercaba a la boca para darles calor y acercaba su vaso a la boca pero sin dar un sorbo.
No se veía feliz, estaba solo frente a una infinidad de personas que entraban y salían del bar, muchas de ellas en calidad de bulto, por las copas de más que les alteraba la coordinación y el habla. Él solo los miraba, moviendo la cabeza negativamente, volviendo la mirada al punto fijo perdiéndose nuevamente en su mundo.
Hubo una única vez, en que se sentó en la silla frente a su mesa un hombre mucho menor que él. No se dijeron nada por un largo periodo de tiempo, ni se miraron a la cara. Pidieron el mismo licor, el joven tomó el contenido del vaso en un sorbo mientras que él ni siquiera se inmutaba en tocar el vaso.
De pronto el joven se levantó quedando de pié al lado de la mesa, mirando hacia el suelo. Movió la boca tratando de articular alguna palabra, pero solo pudo decir una sola:
- Te quiero
Y así sin más se marchó.
Puede parecer una pobre representación de cariño, una escaza intención de expresar sentimientos, una nula sensibilidad frente a la situación, pero a veces esos pequeños, insignificantes detalles hacen una gran diferencia.
Dos días después de aquel suceso, aquel hombre decidió que era hora de dejar de visitar los bares y descansar por fin en su casa, encontrándolo dormido, con una sonrisa en su rostro.
Fue así como lo enterraron, con esa expresión de satisfacción, de regocijo. Nunca esperé ver el rostro de una persona muerta que francamente tuviera un semblante aun mayor de vitalidad de lo que tuvo en vida.
Solemos ser fríos, insensibles con el dolor ajeno, ojeamos mil veces nuestra vida tratando de reparar errores, perdiendo demasiado de nuestra vida en pequeñeces. No somos capaces de darle un sorbo gustoso a la vida y nos encerramos en las mismas desdichas, redundando en las mismas penurias, hasta que nuestra propia conciencia, jovial y atrevida, a la que muchas veces dejamos abandonada, retoma presencia en nuestras vidas.

¿Cuanta falta nos hace que alguien nos diga te quiero? Pero si nosotros no nos queremos, frente a nuestras virtudes y defectos ¿Por qué esperar reciprocidad del resto del mundo?

Hubo una vez un viejo que murió feliz. Frecuentaba los bares cercanos a su pequeña casita….
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